30.6.11

Quizá

30 de enero de 2011.
 
“Ciertas pasiones no tienen más remedio que la fuga...” D. Jaime Baldes.
 
Hace ya algunos años, llegué a Monterrey recién importada del paraíso jarocho. La mudanza fue tan en contra de mi voluntad y el aterrizaje tan poco planeado que me vi en un curso  sin compañeros que pudieran hacer menos amargo el trago de dejar amigos y amores
atrás. Me refugié entonces en la Capilla Alfonsina de la Universidad Autónoma de Nuevo León, anestesiando la nostalgia leyendo libros de uno y otro tema.  
Un día, por mera curiosidad, tomé un pequeño y regordete libro que contenía algunas máximas; el autor era D. Jaime Baldes y una de sus frases inspiró mi primer intento de poema. No podía quitarme de la cabeza que “Ciertas pasiones no tienen más remedio que la fuga...” Y hermanita aquí estoy, dándome cuenta que no he evolucionado nada desde entonces.   Porque los años pasan y sigo cojeando de la misma pata. 
Me preguntaron ayer si beber o fumar se contaban entre mis vicios... yo respondí que mis  vicios no eran tan baratos. El precio de una pasión -prohibida o no- siempre, siempre es alto: la piel hecha jirones; el alma, garras; la cordura en huelga. Sin olvidar que hay que ser pragmáticos y una pasión se complica si tratan de quitarte la casa, los hijos y el perro. Pero aquí estoy otra vez, con mi mente inválida, incapaz de concentrarme en otra cosa que no sea su sonrisa y las líneas de su rostro que terminan en constelación. Me doy cuenta que  estoy grave porque las asociaciones empiezan a traicionarme: todo va con la letra de su nombre, todo huele a sándalo y hasta el sándalo huele a ella, con el humo de su cigarro incluído y las notas de su pelo.
Mi cuerpo, este que aprendí a controlar, del que me jacto de gobernar, se está rebelando  ante la ausencia de caricias, pero no acepto ninguna que no provenga de sus manos, largas, flacas y así, tan suaves, tan deseadas. 
Tiene sus issues, lo sé. Mira que no es perfecta, hermanita, lo sé bien. Tapa el pozo de su soledad con tanta gente que a veces termina ahogada también. Es mudable, caprichosa y vana, como escribiría Bécquer, y sin embargo, ¡es tan hermosa! No sólo porque su cuerpo podría ser un desierto en el cual podría saciar mi sed o bien, una selva en la cual perderme para aprender el lenguaje nativo de sus sinuoso caminos; es hermosa porque es suficiente mujer.  
Su corazón es grande, bondadoso; traqueteado y desconfiando, sí, pero ¿quién está  indemne después del parto? Aún así, su alma es buena, su espíritu es libre... aunque no tan libre para voltear a ver que me pierdo en ella.
Con todo, no me doy a la fuga.  
Quizá esta vez, aunque nunca la sostenga entre mis rodillas ni le bese el hombro derecho antes de dormir de lado, quizá esta pasión que me desborda, letal y todo, sea lo más válido para sentir en estos momentos. No hablo de que la esperanza sea lo último que muere -si hablamos de morir, pido sus brazos-, hablo de la delicia de saborear su nombre...quizá ella diga el mío, quizá. 

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