6 de febrero de 2011.
¿Recuerdas esa clase de tercer año? Tu madre -quien en ese salón de clases aparentaba no serlo- se convertía en la maestra y nos enseñaba a multiplicar “de dos” y a dividir “de uno”. Ah, pero la clase favorita -al menos, para ti y para mi era sociales, porque a la hora en que
la profe tomaba ese libro -“El príncipe azteca”- todo bullicio desaparecía y en su lugar veíamos con la imaginación pirámides, templos, mercados...
En una ocasión todos decidimos perdernos el recreo con tal de seguir escuchando la historia. Tú sabes bien, hermanita, que antes que ninguna otra cultura prefiero
la mía. El bronce de mi piel - bronce despintado, según tus daltónicos ojos- siempre ha procurado tostarse ante nuestro Huitzilopochtli que ante cualquier Sol Forastero. No niego la belleza del resto del mundo, arrullada como fui con Gardel, extasiada ante la majestuosidad de África, encantada por la comida del mediterráneo, podría seguir y seguiría. Prefiero, insisto, tatuarme a mis dioses que a los otros y todavía me arrepiento de no saber náhuatl y sí inglés. Sin embargo debo hacerte una confesión: regresé al Kendo.
Lo practicaba hace cosa de siete años, más o menos. No recuerdo bien por qué deje de cargar mis armas, lo que me queda claro es que necesito imperiosamente, con carácter de urgente, tres cosas: disciplina, calma y retos. Andar por el Camino de la Espada siempre dominó mis pies, serenó mi mente y probó mi paciencia, entonces, como ves, no es mala idea.
Te contaré algo por lo que me interesa muchísimo el tema. He aquí dos de las siete virtudes del Bushido: “Rei - Respeto. Los samurái no tienen motivos para ser crueles. No necesitan demostrar su fuerza. Un samurái es cortés incluso con sus enemigos. Sin esta muestra directa de respeto no somos mejores que los animales. Un samurái recibe respeto no solo por su fiereza en la batalla, sino también por su manera de tratar a los demás. La auténtica fuerza interior del samurái se vuelve evidente en tiempos de apuros”.
Para alguien con mis neurosis, encontrar una cultura que honra el respeto en lugar de aplaudir al gandalla, mira que es como un tanque de oxígeno. Y me recuerda que, ante la descortesía, debo actuar, no reaccionar, para no volverme como ellos.
Finalmente: “Meiyo - Honor. El auténtico samurái solo tiene un juez de su propio honor, y es él mismo. Las decisiones que tomas y cómo las llevas a cabo son un reflejo de quién eres en realidad. No puedes ocultarte de ti mismo”. Eso es verdad. Y a muchas peronas se les olvida. Trato de que mis pensamientos y mis acciones sean tales y concuerden de tal forma que no tema mostrarme como soy, ni ante mi, ni ante nadie.
Tengo mucho trabajo por delante, hermanita. Pero al menos ya empecé desentumir el cuerpo y la mente. Ah, claro, no puedo negarlo: me encanta tirar madrazos, aunque eso no es para nada algo que un samurái diría. Te quiero mucho, hermanita. A veces no dejo de preguntarme si de verdad me lees o solamente me engaño, como todos los que llevan flores a los panteones.