29.1.11

El efecto negativo de mis peleas domésticas en el calentamiento global


Terminé mis páginas poco después de la medianoche.
Ciertamente, debí haber terminado el trabajo de editar la sección Cultural del periódico mucho antes, pero a la ausencia de notas tuve que añadirle un inusual exceso de pendejadas así que no fui veloz, ni siquiera lo intenté. Total, no tenía prisa por regresar a casa.
En la tarde, traté de hablar con ella una vez más. No me quedó otra opción, ya que me pilló llorando cuando buscaba calcetines (algún día explicaré mi teoría de los calcetines y los números, pero no en este momento. Baste decir que lloraba por el lamentable estado de mi relación, no por los calcetines en sí). Yo creí que ella dormía y por eso no contuve mis sollozos... acto seguido su cara salió de entre las cobijas, preocupada. Traté de explicarle, juro que me esforcé. Le dije que el problema más grande es que ella se negaba a creer que teníamos problemas. Reclamé su indiferencia, su falta de esfuerzo, su nulo interés:  "Soy invisible para ti", murmuré, sin fuerzas para mirarla. Ella trató de abrazarme y yo me quedé petrificada. Entonces eligió culparme: "Me acerco a ti y me rechazas. ¿cómo quieres que esté ahi?" y volvió a las cobijas, tapándose la cara. Yo me tapé el corazón.
Eso fue antes de salir de casa. Comprenderán ustedes por qué no quería volver. Por eso, y contra todo lo que dicta el sentido común, manejé despacito por toda Avenida Leones y elegí la ruta que más me gusta -no la más segura- y mientras tarareaba "Somebody already broke my heart" de Sade (escúchala, léela, gózala...) me frené justo antes de llegar... y di la vuelta, para no llegar, para seguir... manejando; el hambre, el sueño, el cansancio, no eran tan grandes.
Por esa razón hay un efecto negativo de mis peleas domésticas en el calentamiento global: me gasté medio tanque de gasolina por no querer llegar a casa.

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