Cuando escuchaba a mis amig@s quejarse de la patética vida de pareja que enfrentaban al lado de un hombre o de una mujer infiel, insensible y un largo etcétera, siempre les espetaba el clásico: "¿qué te falta? ¿qué te falta para moverte de su lado si ya estás hart@?" Ell@s me contestaban que no era tan fácil, que había mucho amor o muchos hijos o cuentas por pagar y así. Siempre pensé que no eran razones lo suficientemente válidas como para quedarse a ver pasar la vida al lado de alguien con quien alguna vez fueron felices.
Sin embargo, esta madrugada que regreso a casa -la casa de la que me fui en la tarde dando un portazo y peleando con mi mujer- y veo a mi esposa como si nada, quitadísima de la pena, fingiendo que no peleamos antes -o como ella dice, no dándlo importancia a lo que no la tiene (y me ahorro las comillas)- no puedo más que tratar de responder a la pregunta que mis amig@s me repiten: "¿que me falta? ¿qué me falta para moverme de su lado?".
En primera instancia, debo decir, ante todo, que hasta donde yo sé, mi esposa no me ha sido infiel en estos tres años y medio de un concubinato que solía ser feliz.
Como ya lo he explicado, desde el 21 de noviembre cargamos problemas -o bueno, yo los cargo porque ella no los admite siquiera- que no se han resuelto. Y mientras ella ya tiró el lastre -como medida que le favorece, puesto que así evita reconocer sus errores y disculparse- yo sigo cargando ese dolor como grillete.
Así y todo, por más que sus tres semanas de silencio ciego ante mis lágrimas me sepan más dolorosas que unos cuernos (vaya, que preferiría que me hubiera sido infiel, al menos sabría como lidiar con eso en lugar de luchar contra el horribilísimo sentimiento de invisibilidad que padezco) con todo, no me es suficiente motivo para moverme.
Sé que suena cursi -cursísimo- pero la amo. La amo con todo y que en estos momentos me duela amarla.
También sé que el amor nunca es suficiente; es necesario añadir paciencia, comprensión, perdón y otras cosas. En estos momentos esta relación está pendiente del hilo del amor y cada vez se va haciendo más delgado.
Pero los años son los años. Su familia, sus amigos, sus frases, su sonrisa, sus ojos, su olor, sus manías. Todo se va a convertir en indispensable si me alejo. Además no quiero empacar, no quiero, me niego, no. Cansadísima estoy, agotada. No puedo dividir el menaje de casa. Ni pensar en separarme de mi hija.
Y con todo, con todo y que no puedo pensar en alejarme, no puedo dejar de llorar al escuchar esta cursi canción:
Soy Belphegor, el demonio que inventa, que seduce. Dicen que soy más fuerte en abril. Según la Historia, Lucifer me envió a la Tierra a verificar si existía tal cosa como la felicidad conyugal... le dije que era un mito. Eso sí: perezosa no soy, misántropa puede que...
31.1.11
Tragándome mis palabras
30.1.11
¿Qué pasó después de contribuir al calentamiento global?
¿Qué pasó después de que estuve dando vueltas, rogando porque la canción fuese eterna y lamentando más el estado de mi relación que el de mis tripas? Al final, conduje a casa. Me metí en la cama y cuando ella despertó, tuvimos que hablar de cosas de rutina, porque el hecho de que sienta el corazón como un edificio descuidado no significa que la ropa se doble sola ni que las ollas se laven al compás de una canción de Walt Disney.
Y después, lo de siempre: las obligaciones de un matrimonio -casa, familia, trabajo, hijos- nos conducen a una charla que, en algún momento del día, termina siendo cariñosa. De ahí para adelante, como si no pasara a-b-s-o-l-u-t-a-m-e-n-t-e n-a-d-a.
Cumplimos con los compromisos -cena con amigos- y nos comportamos como la pareja de siempre, atenta una con la otra, solícitas, encantadoras... y eso, de verdad, que no se finge, lo sentimos, al menos yo lo siento. Pero al llegar a casa, los asuntos pendientes sin resolver me impiden dar el paso hacia adelante.
Ella insiste en que lo olvide; yo insisto en arreglarlo.
Y en ese impasse se me éstá yendo la vida hacia ningún puto lado.
Lo peor que puede pasar es que lo que siento por ella deje de crecer... ¿me estoy quedando ciega? No puede ser posible que no resista el paso de los años... y sin embargo, aquí, estoy, invisible.
29.1.11
El efecto negativo de mis peleas domésticas en el calentamiento global
Terminé mis páginas poco después de la medianoche.
Ciertamente, debí haber terminado el trabajo de editar la sección Cultural del periódico mucho antes, pero a la ausencia de notas tuve que añadirle un inusual exceso de pendejadas así que no fui veloz, ni siquiera lo intenté. Total, no tenía prisa por regresar a casa.
En la tarde, traté de hablar con ella una vez más. No me quedó otra opción, ya que me pilló llorando cuando buscaba calcetines (algún día explicaré mi teoría de los calcetines y los números, pero no en este momento. Baste decir que lloraba por el lamentable estado de mi relación, no por los calcetines en sí). Yo creí que ella dormía y por eso no contuve mis sollozos... acto seguido su cara salió de entre las cobijas, preocupada. Traté de explicarle, juro que me esforcé. Le dije que el problema más grande es que ella se negaba a creer que teníamos problemas. Reclamé su indiferencia, su falta de esfuerzo, su nulo interés: "Soy invisible para ti", murmuré, sin fuerzas para mirarla. Ella trató de abrazarme y yo me quedé petrificada. Entonces eligió culparme: "Me acerco a ti y me rechazas. ¿cómo quieres que esté ahi?" y volvió a las cobijas, tapándose la cara. Yo me tapé el corazón.
Eso fue antes de salir de casa. Comprenderán ustedes por qué no quería volver. Por eso, y contra todo lo que dicta el sentido común, manejé despacito por toda Avenida Leones y elegí la ruta que más me gusta -no la más segura- y mientras tarareaba "Somebody already broke my heart" de Sade (escúchala, léela, gózala...) me frené justo antes de llegar... y di la vuelta, para no llegar, para seguir... manejando; el hambre, el sueño, el cansancio, no eran tan grandes.
Por esa razón hay un efecto negativo de mis peleas domésticas en el calentamiento global: me gasté medio tanque de gasolina por no querer llegar a casa.
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